martes, 11 de diciembre de 2012

HECHIZO DE SANGRE Parte 1Corrección

Hace unos meses, en uno de los juegos de Historias en la Azotea, escribí el cuento HECHIZO DE SANGRE, como parte de las bases de ese juego había que conseguir una historia en una azotea, pudiendo ser del tema deseado. Yo, cree un cuento más de mi mitología Raeduristica.

En aquel juego, el «editor» Juan Bassagaisteguy, siempre se ha encargado de darle la pulida que siempre ha faltado a los cuentos, y por ello le replico de nuevo mis más sinceras felicitaciones.


Como parte de la promoción de esta mitologia simil a la Lovecraftiana, hablé con la correctora mexicana Critina Barragán para que corrigiera el texto en lo más perfecto posible. Parte de esto para poder aprender de los errores y para publicitar tu trabajo de autónoma o freelance.


Ante todo, sin más dilación les dejo el cuento en su primera versión.

Para poder poneros en contacto con la correctora profesional licenciada:


Cristina Barragán Hernández
crisba_2880@hotmail.com
arte.ritual.revista@gmail.com




HECHIZO DE SANGRE

            La mano se movía lenta por debajo de la sábana, el niño sentía su cuerpo moverse muy despacio entre cada vaivén sobre su cosita. Desde hacía varias noches había descubierto que si se movía de esa forma, podría aguantar más. Sintiendo un escozor dejó que su cara se convirtiera en un rictus de insatisfacción... Como resultado: la sábana se encharcó. Otra vez se había orinado encima.
            Todas las mañanas –mucho antes de despertar su madre– ocultaba las sábanas entre las hojas del armario y, las introducía en la pila de ropa sucia del patio, entre todas las prendas para lavar por la tarde. Era demasiado grande para orinarse en la cama, pero no tenía la culpa de tener miedo a la oscuridad. Cuando se lo contó a su madre esta rió con tal fuerza, avergonzándole el haber pronunciado algún deseo de ayuda, que no volvió a decir ni enseñar nada sobre su problema.
            El incidente había ocurrido hace poco más de un mes. Se había –desde ese momento–  convertido en un asustadizo niño en sus doce años de vida. Su hermana también se carcajeó cuando le descubrió una mañana con sus planes de limpieza. «Tendré la boca serrada» –se reía cuando ella seseaba de esa forma–, para que mantuviera su promesa tuvo que hacer las tareas de ella durante toda una semana, en la cual la niña se iba a jugar con sus amigas o aquellas cosas que hicieran los hermanos mayores
             Hace tiempo mientras no conciliaba el sueño, el chico miraba por la ventana las oscuridades de los otros vecinos. La noche les ocultaba en sus propias casas. Inventaba cosas para conseguir dormir. Unos miraban el techo como él, otros se ocultaban del calor en las terrazas con sus propios colchones; la pareja de enamorados hacía esas cosas que ahora no podía parar de imaginar...
Una noche, mirando detenidamente en la oscuridad interior de una de las casas, unos ojos rojos le devolvieron la mirada. Se asustó tanto que se cayó de la cama. Aunque estos desaparecieron tan pronto, cuando una chica salió a la ventana riendo medio desnuda, para encenderse un cigarrillo. Ya conocía el sonido de la falsa risa de Marnie, una joven del mismo barrio, que trabajaba en la calle y a veces hacía los servicios cerca de su casa. Su cuerpo era el de una joven desarrollada, de un intenso tono café, sus curvas se ocultaban entre la noche. Ya había pasado la adolescencia, y el chico lo sabía bien pues le había visto varias veces en el barrio. Poseía unas coletas acabadas en unos lazos de intensos lunares azules entre una extensión azul. «Ahora voy de nuevo cariño —dijo ella apoyada en la barandilla de la salida de incendios. Fumaba un cigarrillo que brillaba con un punto rojo en la misma noche—. No seas impaciente o no te daré un regalo.» Eso era lo que debió asustarle, se convenció el niño, pero el temor se había colado dentro de su mente. Desde aquel día, descubrió que aquella cosa entre las sombras le daba un pavor insospechado. Nadie podría creerle por eso callaba.

            El día volvía a traer la paz para la calma del chico. En la calle, la gente empezaba a dar vida a la ciudad, los vendedores colocaban su venta en las portadas de las tiendas, los niños aullaban el precio de un periódico con algún macabro titular. Y en una esquina, un viejo anciano se colocaba a pedir algo de dinero mientras pasaba las horas muertas recitando versículos de una biblia medio quemada en su mano.
            —Sabed que se esconden en las mismas sombras... –levantaba y gesticulaba su letanía mientras le gente le miraba compadeciéndole pero sin hacer nada. Su aspecto aviejado, zarrapastroso, borracho y sucio; no era el único obstáculo para que la gente se pudiera parar a escuchar su oratoria. Eran los ojos tras las gafas –con el puente en la nariz– inyectados en locura; lo que otros podían ver desquicios de un loco viviendo en las calles, entre la basura, buscando el alivio del mundo entre el cristal del alcohol... Eddie veía VERDAD. Pues él oía los recitales desde la esquina, escondido de la mirada de todos, agazapado. Intrigado por las palabras, como alumno atentamente petrificado por las explicaciones del profesor.
            —Deja ya de mirar a aquel señor –zarandeó una fulgurosa y taquicárdica mujer al chico–, por Dios vamos a llegar tarde, Edward.
            La mujer agarraba al crío con fuerza mientras le arrastraba en un caminar más rápido que el chico. Este seguía mirando ensimismado la figura que se anclaba en el podio, una mera caja de madera sucia. El anciano seguía aullando sus plegarias, advertencias para el ciudadano y como un lobo ante la sangre de una presa, sus ojos guardados en unas gafas negras como la misma pez de los barcos en la mar, se lanzaron sobre el cuerpo del pequeño.
            —Tú –señaló con una mano enguantada en un mitón gris y sucio de dedos deshilachados. La uña tan sucia como la ropa señalaba a Eddie, como si detectara algo en él. Este se paró abriendo los ojos. Su madre casi cae al suelo cuando los pies del chico se anclaron al suelo–. Dios sabe que te enfrentas al mismo Diabloooo –alargó la última vocal con un grito mientras alzaba la portada de la biblia con su cruz dorada–. Coge la espada que porta mi mano y mancilla el pútrido pecho de la misma muerte, pues ella viene en cabellos negros y labios turgentes. ¡¡El cuerpo de la mujer es el mismo Diablo y hará que caigas en la eternidad de la desdicha!!
            Eddie no podía moverse, sus ojos no veían al viejo, si no a la figura de la misma chica, que la noche pasada portaba los ojos de fuego en la oscuridad, en aquel podio contoneándose de formas lasciva. Incitándole. Desnudándose. Para al terminar arrancarse la piel en tiras que lanzaba como ropa. —Edward Leroy Matheson, por el Santísimo –se enfadó y asombró su madre mientras tapaba con su bolso la visible erección que el joven asomaba con un bulto en sus pantalones–, ¿qué es lo que te está pasando? –miró a los ojos pétreos de su hijo poniéndose delante de la figura del orador: la estatua de sal con la locura de un hombre, que al parecer, veía más allá de los ojos de un simple ciudadano. Pues él, era un apestado, apartado de la misma sociedad y ello, la invisibilidad, le daba la perfecta protección para poder contemplar lo que otros no podían.
            —Mirad a los que creéis que son los ángeles que os guardan –la chiquilla desapareció cuando su madre se puso frente a él. Con cara preocupada, y la aparente ductilidad de un mecánico en los bajos de un coche. Empezó a mover la cabeza de su hijo en busca de alguna herida, sangre o contusión, que hubiera causado el comportamiento extraño de su hijo todos estos días–.  Vedlos –el vagabundo levantó sus manos de nuevo para señalar a las figuras de piedra, las estatuas de ángeles y grotescas formas que reposaban en la iglesia de Saint Mikaale–, se ocultan con piel falsa. Ancladas en nuestra ceguera, pero yo puedo verlas, sí señor. Porque he sido bendecido con la verdadera visión.  
            De un salto, el cuerpo fofo cayó sobre el suelo, varias monedas repiquetearon entre las ropas ajadas. La madre asustada, se dio la vuelta veloz y protegió con su cuerpo al joven niño. El anciano empezó a orar delante de ella, se acercó tanto que pudo oler la fetidez de su boca y el alcohol de esta, un olor que le recordó a su marido.
            —...escuchadme, escuchadme MUY BIEN, pues no estoy loco. Yo he visto el horror escondido entre la soledad de las sombras. Creen que no podemos verlas pues nuestra visión es ciega. –Se tocó las gafas para deslizarlas un poco sobre la nariz, dar dramatismo a su soliloquio con el ojo blanco. La gente que empezaba a conglomerarse en tono a él; apremiados por las palabras le miraban como un animal exótico en un zoo sin jaulas–. Pero siií sabéis de lo que hablo, cuando por el rabillo del ojo comprendéis la visión horrorosa del miedo. –Las palabras salieron lentas, terroríficas, para conseguir un efecto mayor al arrancarse sus gafas, cual máscara, y dejar ver la cuenta de un ojo vacía–. Al contemplar con vuestra vista veis que no ha sido más que un juego. Diablos, demonios, locuras de locos cuerdos... –citó la frase con ira, la gente se sobresaltó y una ola de un Ohh recorrió la concurrencia–, mas todo son raeduras, monstruos del mismo averno –dijo calmado–. ¡PENITENCIAGITE! –aulló riendo con su dentadura molida por el tiempo; en un juego de pequeños y solitarios dientes que entre carcajadas se movían como queriendo huir. Levantó la biblia sobre las figuras en la distancia, obligando a estas a huir ante las palabras–. Cuidado, chiquillo. –Eddie asomaba la cara asustada, había perdido el rictus de miedo, de entre las faldas del muro de carne de su madre–. Ella te ha señalado –la uña le volvió a señalar como un dedo entre las nubes. El dedo premonitorio de un Dios escondido.
            Una chica apareció por entre la concurrencia y rió.
            —Borracho estúpido, ja, ja, ja –y lanzó una piedra que le dio cual diana, en la toda la frente. El viejo trastabilló con una mano en la cabeza mirando con ira a la chiquilla, sus ojos se convirtieron en la visión misma del terror. Marnie, reía con las coletas acabadas en dos pajaritas anudadas en rosa y puntos blancos. El vagabundo al verla, gritó hasta que su voz podía reverberar sobre las campañas de la iglesia y tañir la advertencia que todo hombre entendería: miedo y horror. Su cuerpo voló más que andar hacia la lejanía de las callejas ocultas del tránsito de la gente. En el suelo reposaba la biblia, el viento zarandeó algunas hojas; la concurrencia se iba disipando... sólo quedaban dos personajes, tres si contábamos al chiquillo de Eddie, asustado al contemplar a Marnie.
            ––Dispense señora. –Una reverencia cogiendo los picos de su vestido y desplazando los pies para agacharse un poco, fue la disculpa de la chica ante la madre del niño. Miró a Edward y sonrió tiernamente. La asombrada, pero también asustada mujer miró sobre la biblia, un tintineo le atrajo. Entre las hojas, el hueco de la forma de una botella; una pequeña petaca dorada y abollada reposaba como un vampiro en su ataúd, en espera de ser escanciada sobre el gaznate del anciano. 

            Eddie vivía junto con su madre y su hermana –su padre se había ido hacía tiempo– en un viejo barrio de los negros oía decir a veces a la gente que pasaba por el callejón en busca de Paulie Negrito White, un tipo malo; le había dicho su madre que no se acercara a él ni aceptara ningún  regalo. Su padre, él no le había conocido y por ello, no dejaba de pensar, incluso aun siendo mayor, que se había ido a una guerra o en busca de algún tipo de malvado, como los personajes superheróicos de la radio. Una vez su hermana le enfadó con que todo era mentira que había encontrado a su padre tirado en un callejón borracho y sin saber quién era. Mamá le dio la razón. Pero él a pesar de ello siguió sin creerlo.
            El patio de vecinos era más, una amalgama de territorios en disputa por tener la mejor parte del vecindario, que una perfecta cuadrícula de terreno arenoso. Varios de los bloques edificados como un juego de piezas de construcción se pegaban unos a otros por ser los más ruidosos, longevos, y feos. Y con la clientela más horrenda que hubiera dado esta zona de la ciudad: el Bronx. No lo decía yo, si no las historias que iban y venían.
            —¡Eddie! Quieres sacar de una vez la basura al patio... –gritó una voz desde el interior de la casa. Un joven niño negro, el pequeño que conocimos antes, carga una bolsa frente a la puerta que da acceso al patio de la vecindad. Cae la tarde y el miedo empieza a paralizarle. Comprendámoslo; la oscuridad se va cerniendo sobre la totalidad de su mundo, mas la escena que acontece es la del pavor que le hace mojar la cama todas las noches. Al fondo se puede ver en un retazo pegado de realidad: la calle en la que discurre el mundo más allá de los dominios de la familia Mahoney, la gente atraviesa el leve cuadro, la pequeña escisión en la escena, para dar acceso a los patios traseros del juego de construcción. Desde allí, las risas y cantos borrachos de una pareja se colaban entre el jaleo ronco del mundo de la calle principal y la soledad del callejón. En las sombras, cobijados, la figura de un hombre manoseaba las carnes prietas de la joven, la luz a veces dejaba ver quiénes eran. La sorpresa del niño llegó cuando pudo ver que el hombre era el mismo hombre hediondo y horroroso que por la mañana estaba hablando delante de la iglesia, sobre aquellas figuras que venían para asustarle.
            —Mmm eres una niñita muy juguetona... –decía la voz del tipo mientras introducía las manos por debajo de la falda de la chica. Esta sonreía y cerraba los ojos en gestos de lujuria aprendida. Eddie postrado como una mera estatua seguía desde la lejanía mirando la escena. Podía escuchar, pero no ver muy bien los intentos vanos del borracho de desnudar a la joven. Parapetados sobre las sombras, el miedo empezó a colarse entre las piernas del chiquillo. En la oscuridad unos ojos rojos desaparecían en cada parpadeo. Aquella cosa era la misma que en la otra noche creyó ver en la ventana de su vecino.
            —¡¡¡Eddie!!! –una voz aulló desde el interior. Marnie pudo escuchar los chillidos de la madre y con un golpe tosco hizo caer al etílico hombre sobre el asfalto. Un mero pelele en sus manos. Su cara salió de las sombras y contempló la figura del muchacho. Este asustado, se orinó en los pantalones y ella pudo oler su miedo. Era erótico, sexual, como una leona mirando desde la distancia a un cervatillo. Abrió la boca y dejó ver unos colmillos relucientes de un nácar puro que parecía brillar en la noche. Con la lengua se acarició las protuberancias cual gesto atrayente.
            —Maldita puta –se escuchó cerca de ella. El tipejo se agarraba los pantalones medio caídos con la botella, enguantada en papel marrón, en la otra. Su pene flácido apenas aparecía entre las ropas moviéndose como un leve gusanito. Marnie le sonrió y desde el lejano callejón llegó un quejido, el sonido de un hueso partido, todo rodeado del sonido de la noche naciente. Cuando la chica miró a Edward. Este ya se encontraba lejos de la escena cobijado por las sábanas de su cama. Restos de su presencia un charco de orín y una bolsa ladeaba en los escalones dejando entrever la basura de su interior. La chica solo pudo reír más, tras de sí una sombra; una figura sin forma, una vaga visión de algo. La misma presencia de humo que muchos habrían citado entre las paredes de un psiquiátrico; locos, augurando monstruosidades. Levantó el cuerpo sin vida del hombre y la sombra, como si fuera infectada de hormigas que bailaban por ella en un frenético movimiento, se introdujo por la boca. En segundos, el cuerpo bailó cual títere guiado por un mal titiritero. El cuello se movía dirigido por la simple gravedad de movimientos torpes y en formas horribles y temerosas. Marnie miró a la ventana, mientras tras suya el pelele intentaba ser controlado por la sombra. Sabiendo que desde la oscuridad del cuarto, la salvación en creencia de Eddie, la estaría viendo. Lanzó un beso y se fue entre las sombras junto con su títere riendo, en una horrible, animal, grotesca e insidiosa risa.

            Volvía a caer la tarde, parapetado por las ventanas de su casa, Edward vigilaba la soledad de las calles.
            —Hey, mocoso –su hermana le lanzó un trozo de papel para que este saliera de su ensimismamiento– esta noche quiero salir un rato...
            Eddie la miró sin expresión. Un rictus de normalidad ante el miedo que iba creciendo en él.
            —No puedes salir. ¡HOY NO!
            —Calla, enano –esta cerró la puerta para que su madre no oyera la conversación–. Le vas a decir a mamá que he salido con Marnie...
            —¿QUÉ? –Los ojos del niño se abrieron como si la misma presencia de la niña estuviera tras ellos–. NO, no te acerques a ella. –Fue corriendo a su encuentro, la abrazó asiéndola entre las manos y apoyando su cabeza sobre el cuerpo. Podía escuchar el corazón de su hermana. Fue un acto que la joven no comprendía, de pronto, el cariño fraternal asomó en los corazones de cada uno.
            —Tranquilo –sonrió levantando la cabeza de su hermano– no pasa nada. Voy a ir al sine con Peter el chico guapo que trabaja en la frutería. Marnie viene solo para que mamá crea que estaremos en la iglesia.
            —Lauraaaa –el aullido salió del salón– aquí está tu amiga.

            El chico al ver alejarse a su hermana y aquella cosa, las vigiló de cerca hasta que se perdieron por la esquina. Salió de su casa por la ventana sin que su madre supiera que también se había ido. Aunque sentía un miedo atroz, decidió no querer perder a más familia. Siguió a las dos chicas que hablaban distendidamente, aunque se conocían, no habían hablado mucho desde hace tiempo, pero Laura podía invitar a un buen helado a Marnie antes de que se fuera con Peter. Se pararon a unos metros de la iglesia y entre las sombras un chico, pulcramente vestido con una gorra  de visera caída –muy del estilo de la juventud en aquellos primeros años la tercera década del siglo XX– sonrió y saludó a Marnie. Desde su espalda sacó una rosa que enseñó a Laura, esta se ruborizó un poco aceptándola con un tímido gracias. Eddie los auscultaba desde las sombras.
            —Qué guapo muchachote –dijo Marnie– ¿sabe alguien que estáis aquí? –les sonrió mientras  acariciaba la mejilla imberbe del joven.
            —Ehh... –Peter se levantó la visera y confesó con un rictus tímido–. No he podido decir la verdad, he dicho a mis padres que vengo a repartir los productos que vienen muy temprano... –miró a Laura y le cogió la mano– pero me gastaría hasta el más mínimo centavo por estar contigo.
            —Me gusta el olor de tu carne... –dijo una voz entre las sombras, con un tono maléfico, roto. Casi como los intentos de un niño que ha aprendido a hablar o cuando uno intenta decir unas palabras en un idioma extranjero. La figura del vagabundo abducido por aquel ser, una raedura, rodeó el cuerpo de Peter y se lo llevó a la oscuridad. Eddie, viendo todo desde la lejanía gritó cuando Marnie cogió por el cuello a su hermana.
            —Vaya pero si tenemos a la dulce cucarachita que espía... –Marnie enseñó sus colmillos. Un salto en la noche y en el aire desplegó unas alas que guiaron su vuelo hasta la cúspide de la torre de la iglesia. Eddie impávido, asustado, decidió enfrentarse por fin al miedo, salvando a su hermana.

            Le costó subir las empinadas escaleras en la negrura de las naves de la iglesia. Esperaba que nadie hubiera escuchado como rompía las cerraduras de la puerta; que apresaban la oscuridad de la escalera de caracol. Aunque pudieran ayudarle quienes escucharan los ecos del ruido; el ser un niño y explicar toda la situación probablemente le tomarían por loco y perdería a su hermana.
            En lo alto del edificio, podía contemplar las pequeñas casas y calles ocultas entre la noche. El silencio era roto por el viento que se colaba entre las piedras formando extraños ruidos; mas no fue eso lo que hacía erizar su piel: palabras extrañas, deglutidas por una garganta no humana, se expandían entre los techos de la iglesia. Eddie, se acercó lento y oculto maniobrando por tejas y piedras ruinosas. Y ataviado con las sombras, vio a su hermana clavada literalmente sobre la roca. Estaba pegada a la pared con unos clavos que la atravesaban las manos y pies. Como la figura de aquel hombre dibujado por un tal Leonardo, recordó Eddie la imagen de uno de los libros que el pastor le enseñó una vez. Peter, el novio de Laura, era levantado como un pelele. Los movimientos del titiritero ya no eran tan toscos con aquel traje de humano y podía balbucir palabras reconocidas por Edward.
—... sangre vertida desde las cuencas de los ojos de las almas que portan la gracia divina... – Su voz era tétrica, tosca, y ronca. Venida no del interior del hombre si no desde algo que no se podía explicar–. Loamos a nuestro Dios y deseamos que nos acompañe en este viaje...
            —Oh, mi jovencísima doncella. –Marnie se acercó al cuerpo de Laura, esta lloraba quejándose del dolor. La chica, la acariciaba despacio las mejillas, limpiando con el dedo índice de la mano derecha –una mano no tan humana, convertida en una masa verde de uñas largas y venas protuberantes– las lágrimas que caían por su rostro–. Tus lágrimas son dulces flores y tu sangre es como el sabor de las fresas para mí–. Sacó los clavos de los pies y metió un dedo sobre la herida, lamiendo la sangre con un gesto de satisfacción. Laura gritó por el dolor producido, ahora estaba solo colgada de los brazos, como un mal redentor.
            Eddie veía la escena entre lágrimas, su visión se había convertido en una cascada de figuras que se movían. Miró a su alrededor para obtener alguna cosa que le permitiera una ventaja contra esas cosas. Una veleta oxidada, se movía despacio cerca de él. Con fuerza, más de la que creía tener, arrancó el hierro. Preparado para tener la oportunidad de salvar a su hermana.
            —Escucha Raedura, ser presente en todas dimensiones, dios perpetuo de la verdad. Mal inabarcable... –Marnie, que ya no era tan humana. Un ser alado de tonos verdes, con una cabellera negra, ojos rojos, lengua bífida y las formas de la mezcla de una mujer adulta y el pavor de un murciélago de extensas alas; profería esas palabras mientras desnudaba en jirones a Laura, sus uñas pintaban en su cuerpo con su misma sangre, diferentes dibujos y cosas que Edward no podía comprender.
            Entre ruegos de la chiquilla, Peter despertó todavía en brazos del títere. Se asustó para gritar pero su boca supuró sangre, el monstruo con la piel del vagabundo le aplastó en un sonido de huesos partidos y carne viscosa, como el abrazar a una bolsa de basura descompuesta y líquida, tal sonido hizo su cuerpo. Arrancó un brazo al joven, dibujó en el suelo los mismos círculos y formas que tenía el cuerpo de Laura. Sobre ella, en el rosetón grandioso, sombras se agolpaban; un fenómeno extraño dejó aparecer una abertura, como el sexo rosado de una mujer, cual escisión en el mismo aire, en la realidad persistente de nuestro mundo. Laura gritó cuando sintió que dentro de sí, nacía el dolor infinito. Su cuerpo parió a una sombra desintonizada, aquellas siluetas infestadas de hormigas... Eso es la comprensión misma del mundo que llegaba.
            Era el momento de hacer algo, Eddie se lanzó con valor desde su escondite. Su hermana, era desclavada de la pared misma y se cubría el cuerpo sangrante, desnudo y amoratado... El chico agarró la veleta como un enorme tenedor y cargó contra el monstruo de Marnie. Mas esta con un rápido movimiento, arrancó de sus manos el pinchito oxidado, y lanzó al crío sobre el suelo de piedra.
            ––Contempla al dios de La Raedura –gritó elevando las manos al cielo y doblando la veleta. Pronunció algún conjuro o frase en un gutural idioma y rió con aquella voz fría y esperpéntica.
            Desde el rosetón, por aquella raja mística, zarcillos de líquido viscoso se movían con propia voluntad. Yo soy lo que tú nunca podrás comprender... decía aquella cosa en su mente. La joven niña era convertida en estatua por culpa del terror. Y su hermano Eddie, no pudo hacer nada mientras su cuerpo se convertía en mera piedra, su expresión de miedo dejaba lanzar en la noche un grito de socorro que se ahogó cuando la piedra ocupó su cara.
            Ahora en la oscuridad misma, la figura de roca de su hermana, gritaría para siempre en aquella postura, mas él sólo poder esperar quizás el mismo final, cuando aquella silueta que no era ninguna sombra se acercaba hacia su cuerpo tirado en el suelo.

martes, 4 de diciembre de 2012

SIN TITULO, GOTAS DE POESIA

Hoy he muerto un poco más
y la verdad, no me importa.
Sin sentir tus caricias
comprendo
que nunca ha habido
un mundo para mi,
fuera del calor de tu pecho.

Me siento como los efectos
de las olas sobre
el cadáver de un náufrago,
un esqueleto que sonrie
a la eternidad.

Hoy he muerto un poco
y siento ser esa sombra
sin ojos.

Te he perdido,
no te tengo, pero sigo
sintiendo el dolor
en un pecho vacío.

Ni la muerte aplaca el
no pensarte
como el ángel que eres.
Tú, mi bella musa.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Reseña de Microclimas en BLOOD SHELF


Y tenemos una nueva reseña más de Microclimas, recordar que es una compilación de narativa breve disponible en Amazon por un solo euro. Más de cien páginas de microrelatos y relatos donde podemos disfrutar de una infinidad de buenos temas.

El blog es una nueva andadura de reseñas de la mano de Lover fantástica con sus reseñas viene pegando fuerte en el ambiente del diseño.

Un placer ser su primera reseña en esta nueva andadura.


Microclimas Parte I La Puerta Tetralogía en Primer Acto
España: http://www.amazon.es/dp/B007QYERT8
Resto del mundo: http://www.amazon.com/dp/B007QYERT8



Blood shelf: #reseña 1: Microclimas, de William E. Fleming
http://blood-shelf.blogspot.com.es/2012/11/resena-1-microclimas-de-william-e.html

domingo, 2 de diciembre de 2012

Micro versión II

Como decíamos en la entrada anterior, el mismo texto fue usado, excepcionalmente, por otra genial escritora.

La puerta prohibida.

Por María José Mandamás.

Basado en FANTASMA de William E. Fleming.
                                                                          Tenía miedo de que aquellas personas siguieran en la casa. 
                                                                          Desde su ático, recogió la bola de su tobillo, 
                                                                          viendo cómo se alejaban asustados.



Matías y su madre eran los encargados de abrir cada mañana. Los Señores llegaban poco después. A media mañana, cocineros y camareros llenaban el lugar con el ruido de platos, cubiertos y ollas. Matías ayudaba a su madre con la limpieza. A la una llegaban los clientes, se sentaban en las lujosas mesas y disfrutaban del festín a la carta.
Pero Matías no hacía caso de ellos. Cada día al terminar el servicio, cuando todos se retiraban a la cocina a comer, la Señora subía hacia la puerta prohibida, la única estancia que su madre nunca limpiaba, llevando una caja entre sus manos.
Aquel día Matías siguió a la Señora. Subió a hurtadillas tras ella, en un intento de saciar su curiosidad infantil y conocer el secreto de aquella habitación. Al acercarse le pareció escuchar sollozos y algún quejido. Al ver que la Señora se giraba, se arrebujó nervioso tras unas cajas arrinconadas intentando no ser descubierto. Entonces la vio salir azorada con un pañuelo en sus manos. Por un momento tuvo que ahogar un grito de sorpresa y temor; la Señora se limpiaba de las manos un líquido espeso de un color similar al del vino. Sangre.
Matías sabía que la Señora volvería así que decidió apresurarse. Con pasos torpes se alejó del escondite aproximándose a la puerta; nunca antes había visto que estuviese abierta. Sus dedos acariciaron el pomo, empujándola suavemente. La negrura de la estancia congeló su pequeño corazón.
Estático, se fijó en unos ojos plagados de miedo que le miraban fijamente. Balbuceó un "hola" y se acercó al joven, que permanecía quieto con una bola en sus manos. Matías vio que la bola estaba sujeta al tobillo del chico y que sangraba. Quiso ayudarle; se quitó el chaleco para cubrir el metal lacerante protegiendo la piel, pero el joven se retiró y lanzó la bola al niño, haciendo estallar su cráneo.
Matías fue expulsado por la puerta del ático. Su cuerpo inerte yacía en las escaleras. Tras él, un joven unos años mayor, desgarbado y enloquecido, sujetaba la bola manchada de sangre y sus ojos rezumaban terror e ira. Gritaba. Todos acudieron al vestíbulo y al alzar la cabeza quedaron paralizados ante la tragedia. La Señora palideció y la madre de Matías se deshizo en gritos y llanto. El servicio huyó despavorido ante la visión.
El joven permaneció de pie viendo como todos se alejaban asustados.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Micro versión.

En el blog así como en la página de Facebook el grupo El Edén de los Novelistas Brutos convocó una fase de un juego en la cual se deberían enviar tres microrelatos comprendidos entre Comedia/Terror/Misterio con una limitación especial de caracteres exactos. Hubo una lucha enorme en cuanto a la calidad haciendo que los míos no fueran elegidos pero quedaran en posiciones muy cercanas.

Pues bien, tambien se convocó el deseo de que entre todos los micros enviados uno de ellos por sorteo tocarían a aquellos que desearan para poder, basados en ellos, crear otro magnífico texto.

Como veréis Angie Leal consigió un excelente trabajo de mi microrelato.

Karma

Por Angie Leal Rodríguez.

Basado en Fantasma de William Fleming



                                                   Tenía miedo de que aquellas personas siguieran en la casa.
                                                   Desde su ático, recogió la bola de su tobillo,
                                                   viendo cómo se alejaban asustados.


-1-
Escuchó el zumbido de un objeto entrando por la ventana. Habían pasado muchos días desde la última vez que un ángel le lanzara algo de comer. Hacía frío y el viento helado pasaba libre ante la ausencia de vidrios, colándose hasta el último rincón del ático; estaba hecho un guiñapo, semidesnudo, descalzo, enjuto, débil hasta para respirar.
Perdió la cuenta de los días que llevaba ahí, se convirtieron en meses… muchos. El grillete se ceñía a su tobillo y le era cada vez más difícil dar pasos. Sus lamentos rompían la monotonía del ocaso. No lloraba, se le habían acabado las lágrimas.
Aún recordaba ese dieciocho de abril en el que, cobijado por el manto oscuro de la noche, entró al hogar de los Morgan y sigiloso como un gato roció el exterior de la casa con varios galones de gasolina y le prendió fuego.
-2-
Disfrutaba ver crecer las llamas, sentir el calor que emanaban, imaginarse a Mr. Morgan despertando asustado haciendo lo imposible por sacar a su esposa y a sus tres pequeños hijos de la casa ardiente; pero no lo lograrían, se achicharrarían cual bombones en fogata, gritarían de dolor al sentir su piel encogerse y quemarles hasta el alma, tal vez el humo llenaría sus pulmones y tuvieran una muerte rápida, pero sería mejor que sufrieran, que se retorcieran de dolor. Nadie pudo hacer nada.
Pasaron los días y su conciencia no lo dejaba tranquilo, se entregó a las autoridades, lo condenaron a cadena perpetua, pero no en una cárcel común, sino en los restos de la casa Morgan… sí, ahí mismo.
Tras mínimas labores de limpieza y aprovechando que la vivienda quedaba alejada del vecindario las autoridades acordaron que no habría mejor prisión que ésa, así nunca olvidaría su crimen, viviría atado a un pesado grillete de por vida en un desvencijado ático a punto de ceder, con la puerta llena de cadenas, causando lástima y horror, despertando ansias de venganza y a merced de la caridad de alguna que otra persona que de repente le aventaba un pan duro o alguna botella con agua.
-3-
Una anciana y su nieto se alejaban presurosos, asustados, pero conformes con su deber cristiano.
Con dificultad levantó la bola y logró alcanzar la comida. Abrió la bolsa y empezó a comer ansioso.
Esa fue la última vez. Al día siguiente sus ojos no le mostraron la luz.
Fuente: EL edén de los novelistas Karma

viernes, 30 de noviembre de 2012

SIN TITULO. GOTAS DE POESÍA

  
SIN TíTULO

El fuego abrasador de tu presencia
en el tiempo conciliador
de tu corazon que te ha perdido.

Confabulado el deseo
de ir hacia un pasado

donde siempre te tuve
entre mis brazos temerosos.

Cuerpo nácar,
nacimiento de versos
a tu alma.
Eres mi musa,
aunque lejana
te conviertas en la luna
tras las nubes que espera mi lamento.

Estrellas en tus ojos,
en el mar callado que hay en ellos.
Ámbar en motas deseosas
por todo el mapa que una vez
fue mio.

Extendido en el tiempo
mi deseo de volver
hacia el cielo,
que una vez tuve.

Y en ello, espero.
Inundarme de nuevo
en tus cabellos fuego,
nadar en tu mar,
y calentar mi alma fría
en el fuego de tu pecho.

GOTAS DE POESÍA

jueves, 29 de noviembre de 2012

GALATEA III



GALATEA III

Sé que ya nunca te encontraré
te he perdido. Y lo siento.

Saber que has encontrado


a la diosa que en sus manos
te convertía en un mismo dios,
hace que te des cuenta que
el mundo puede ser ya muy diferente.

Y no sé que poder hacer,

cuando tu recuerdo
hace que vea el placer del pasado.
Y sentir que mi futuro
es la oscuridad de una nube de tormenta.

Te extraño Godiva,

como los girasoles al Sol,
como la luz a la oscuridad.
Y en esta eterna noche
te recuerdo,
callada,
entre mis brazos
sintiendo tu pecho latir.

Deseo tanto el paso

que no comprendo
el futuro sin tu amor,
perdido,
renunciado,
olvidado,
por culpa del mundo
que ató unas duras
cadenas a a nuestros cuellos.

Nunca fue la culpa nuestra,

pero aún así,
te sigo extrañando.
Mi musa,
Mi amor,
Mi Godiva.
Solo tú
y mi corazón.
 
GOTAS DE POESÍA